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¡Concéntrate en ser un cuerpo saludable!

Debemos tratar el cuerpo recibido como un don de Dios con agradecimiento y cuidado. Aprender a amarnos implica quererlo, respetarlo y ejercitarlo de manera saludable sin caer en un culto que se transforme en una obsesión.

Somos cuerpo y necesitamos cuidarnos

Para hablar del cuerpo tenemos que partir del hecho de que no “tenemos” un cuerpo, sino que “somos” un cuerpo al igual que somos espíritu. A veces tendemos a caer en el error de pensar que tenemos un cuerpo como si fuera algo externo a nosotros cuando en realidad, como Juan Pablo II dejó claro en su teología del cuerpo, éste no es algo ajeno a nosotros sino que responde directamente a nuestra propia identidad, a lo que somos. Por eso, para vivir efectivamente como mujeres integrales, de la misma manera que el alma necesita ejercitarse y cuidarse, el cuerpo lo necesita también.

Como cristianos, sabemos que nuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo. Pero, ¿cómo nos tratamos como cuerpo? ¿nos damos los cuidados que necesitamos de manera ordenada? La clave para ello es el amor, sin el cual no podemos comprenderlo ni tampoco hacerlo posible de manera saludable. Como cuerpo entendemos que el ejercicio así como la alimentación, son parte de nosotros y por eso tenemos que enfocarnos en la manera de ser que el amor nos invita: ser lo más saludables posible.

La importancia de enfocarnos en ser saludables

No es lo mismo pensar en el ejercicio como un estilo de vida cuyo foco es la salud, al hacerlo con la presión de bajar de peso o ser un tamaño determinado. En este último caso, aún teniendo la motivación y aunque sea necesario hacerlo, difícilmente encontraremos gozo en ello. Si no me amo y entrego amor en lo que hago, será menos probable mantenerlo en el tiempo. Lo más seguro es que baje de peso, pero al cumplir el objetivo abandone el ejercicio o vuelva a excederme con las calorías. Por eso, la meta no tiene que ser “estar” saludable como un estado temporal que puede cambiar, sino “ser” saludable, lo cual implica un estado permanente de vida, aun atravesando los cambios naturales normales. De este modo, el enfoque es encontrar formas de mantener nuestro cuerpo sano, que por lo general incluye evitar o minimizar ciertos alimentos de la dieta y hacer una adaptada rutina de ejercicio, donde el motor es la salud.

Pensar en nuestro peso, el tamaño o las proporciones de nuestro cuerpo sin caer en la frustración, es una prueba por la que toda mujer tiene que pasar en algún momento de su vida: aceptar lo que no puede cambiar y mejorar lo que sí puede. Y para pasar esa prueba, la forma en que vivimos nos puede ayudar muchísimo, pero lo primero está en reconocernos ubicándonos en una postura afirmativa que brinda el amor, de modo que no soy “yo contra mi cuerpo”, sino “yo como cuerpo”. Me quiero y eso incluye también mis “imperfecciones”.

Este enfoque que posibilita el amor nos mantiene en la constancia del ejercicio o en una alimentación equilibrada y, lo que nos resulta difícil al principio, luego se va convirtiendo en algo gratificante siendo capaces de percibir resultados que influyen positivamente no sólo en nuestra calidad de vida en general, sino también muy especialmente en la autoestima y el autoconocimiento de nosotras como cuerpo. Así, poco a poco vamos descubriendo su potencial y lo bueno que es tener un mayor control sobre una misma y ser efectivas en su cuidado, sabiendo que lo más importante es lo que viene de adentro y reflejamos.

Si comenzamos desde una edad temprana a incorporar buenos hábitos para mantenernos saludables, tanto el ejercicio como una dieta balanceada nos llevará no sólo a sentirnos mejor, sino a vernos mejor, lo cual viene por añadidura. Tenemos que aprender a amarnos, a afinar nuestra mirada en la belleza que tenemos y explotarla. Todo lo bueno implica un sacrificio que si no se hace con amor, pierde sentido. Es el amor el que nos ordena y  nos trae los resultados duraderos.

Ser cuerpos saludables nos acerca a Dios

El cuidado del cuerpo, no es una cuestión meramente estética. Cuando abrazamos el amor y somos cuerpos saludables, nos acercamos a Dios. Somos capaces de tener un estado físico para escalar una montaña y admirar la belleza de su creación, levantar algo pesado para ayudar a una persona que lo necesita, nos permite compartir más tiempo con nuestros seres queridos, mejorar nuestros partos si estamos embarazadas y tener una mejor intimidad sexual.

No es una cuestión superficial, sino que el ser saludables responde a un aspecto más profundo y esencial en el día a día de nuestra vida. Por eso, la lucha contra las enfermedades por ejemplo ha sido siempre una de las más grandes batallas humanas. La salud tiene un valor inconmensurable y aunque Dios se manifiesta en los momentos de enfermedad, es una lucha en la que la Iglesia se une firmemente con la asistencia y la oración por los enfermos, preservando en todo momento la vida desde la concepción hasta la muerte natural, aun cuando la muerte es algo inevitable.

Ser perseverantes en el amor nos ayuda a abrazar los cambios

Vivir los cambios en el amor nos beneficia infinitamente a nosotros y a las personas que nos rodean. El amor es paciente, y necesitamos mucha paciencia para enfrentar cambios que son inevitables. Como mujeres sabemos que nuestros cuerpos cambian. A diferencia de lo hombres, el cuerpo de la mujer está marcado por cambios constantes con sus ciclos. Sabemos que cambiamos y cambiaremos. Si tenemos amigas embarazadas las hemos visto por ejemplo con aumentos de peso. Como todo cambio, nuestro cuerpo sufre, pero es el amor el que nos da la fortaleza para vivirlos!

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